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Cibervisibilidad 2.0: Entre la memoria y el olvido, entre lo visible y lo oculto



   Meyrowitz nos enseñó en 1985 que hasta la llegada de la radio y la televisión “era más fácil separar las esferas entre adultos y niños”. Esta difuminación entre espacio público, privado e íntimo que generó la nueva cultura de masas hizo que el video-niño, al que hacía referencia Sartori, no sólo imitara el lenguaje de los más mayores, sino también algunos de sus comportamientos.

   Con la aparición de youtube, pero también de las redes sociales -donde las nuevas generaciones prefieren ser vistos a ver- se está produciendo el efecto contrario. En primer lugar porque, si bien Facebook era inicialmente una red social de treintañeros que querían aparentar tener veinte años, en la actualidad la incorporación de los miembros más mayores de la familia hace que los usuarios iniciales de estas redes empiecen a solicitar una nueva administración de los regímenes de visibilidad. 

   De hecho, en la actualidad el grupo de mujeres de más de 55 años es el nicho de edad que más está creciendo en este momento. Al mismo tiempo, la brecha digital se reduce puesto que, por un lado, se consigue que distintas generaciones sigan en contacto a pesar de la distancia; y por otra parte, el hábito y el conocimiento generan nuevas inquietudes. Sin embargo, y ahí está la paradoja digital, aquellas partes de la vida privada de una generación de recorrido vital audiovisual son accesibles para aquellos que han de juzgarles. 

   En segundo lugar, porque gracias a youtube cualquiera puede dejar a disposición del mundo virtual un gesto, acto o hazaña que considera que debe conocer el resto del mundo. Sin embargo, hay casos en los que esta cibervisibilidad puede generar problemas de disonancia generacional. Al enlazar en el mismo vídeo que el mostrado arriba, pero bajo el título “Pistoleros del eclipse”, se abre una página que señala “es posible que el contenido de este vídeo o grupo resulte inadecuado para algunos usuarios, tal y como lo ha marcado la comunidad de usuarios de YouTube (…) Para ver este vídeo o grupo, debes verificar que tienes al menos 18 años de edad. Para hacerlo, accede a tu cuenta o regístrate”.

   La pregunta que se plantea es siempre la misma: ¿Qué se ha de ocultar y qué ha de mostrarse?

Y lo que es más importante: ¿a quién? 

Gracias a Simmel sabemos que: 

1.-“Todo el trato de los hombres descansa en que cada cuál sabe del otro algo más de lo que éste revela voluntariamente, y con frecuencia cosas que a éste le desagradaría saber que el otro las sabe”.

2.- Para que haya un secreto es necesario cierta ignorancia de uno de los actores. Los engañados siempre son mayoría frente al mentiroso o al que guarda el secreto. 

3.- “El que sabe no necesita confiar: el que ignora no puede siquiera confiar”.

Internet y Obama: dos mundos y un destino


El destino de Internet y el porvenir de Barack Obama parecen estar cada día más unidos. Los límites del poder simbólico de Obama pueden terminar allí donde se empiecen a redefinir, de acuerdo a los poderes preestablecidos, los límites de Internet.

El cambio del punto de vista del observador, el paso del ver al ser vistos no sólo significó una revolución para la cultura de masas sino también para la forma de hacer política conocida hasta entonces.

Obama, con permiso de los padres del nuevo mundo -Tim Berners-Lee y algunos otros-, puede ser considerado el primer hijo adoptivo de Internet, en la medida en que gracias a la Red consiguió realizar una campaña electoral acorde a los tiempos actuales. Por primera vez en mucho tiempo, la política no llegaba tarde a las demandas de la sociedad.

En cierta forma a partir de esta idea podemos recordar a Michel Foucault (1969), quien señalará en su texto “¿Qué es un autor?” que el siglo XIX se caracterizará por el surgimiento de unos autores singulares que no debían ser confundidos con los “grandes” autores literarios, los autores de textos religiosos canónicos o los fundadores de las ciencias.

Para Foucault este tipo de “iniciadores de prácticas discursivas”, entre los que podríamos encontrar a Marx o Freud, “produjeron no sólo su propia obra, sino también la posibilidad y las reglas de formación de otros textos”.

En este sentido, podremos pensar que cualquier discurso político futuro –y, en cierta forma, no político- se establecerá siempre en relación al discurso original de Barack Hussein Obama.

Pero frente al “¿qué importa quién está hablando?” que proponía Foucault, nos podemos encontrar con un “cuéntame algo sobre política que no dijera o hiciera antes Obama”. En cierta forma, esta contradicción supo describirla perfectamente Jean Baudrillard cuando señaló que hay ciertas cosas empiezan a desvanecerse justo en el momento en el que se intentan definir.

De este modo, quizá podamos pensar que el destino de Internet y el futuro de Obama están inexorablemente unidos en la medida en que la definición de los límites de ambos pueda suponer el inicio de su desvanecimiento…

Cibervisibilidad 2.0: Cuando Internet es más real que la televisión


   Uno de las grandes transformaciones de Internet es la capacidad que tiene para convertir situaciones del pasado, en “documentos audiovisuales” de permanente actualidad. Su cotidianeidad frente al espectáculo simulado de la televisión ha hecho que hoy en día sea más importante –aunque en realidad haya sido visto por menos gente- el contagio viral de un vídeo en Internet que aparecer en la pequeña gran pantalla”.

   Carlos, protagonista de “Contigo no bicho” es quizá el caso más paradigmático de la fuerza de la cibervisibilidad en Internet. Cuatro años después, pese a querer seguir en el anonimato, apareció en el video clip de Rafa Pons.

   El éxito del vídeo “Contigo no Bicho”, colgado hace un año –es decir, tres años después de que la situación real fuera grabada-, radicó en la normalidad de una situación que, salvo por la crueldad de la respuesta, no deja de ser algo que le puede ocurrir a cualquiera en cualquier momento.

   Por otra parte, esa hiperrealidad que se busca en los reality shows desaparece en la medida en que todos los espectadores saben que ese espectáculo no está reflejando el mundo real.

  Por el contrario, si hay algo que nos ofrece Internet es realidad, pero entendida como espontaneidad.

   Recordemos que, tal y como señalaba Baudrillard, el proceso de tele-visión se ha transformado y preferimos que aquellos que aparezcan en la pequeña pantalla no cuenten con ninguna cualidad que nos pueda hacer envidiarlos.

   Es decir, que la televisión, en la actualidad, lo que pretende es que nos sintamos más simpáticos, más inteligentes y más guapos o simplemente más normales que aquellos actores que aparecen en la pequeña pantalla.

   Ejemplos como los de “La he liao parda” o “La chica de la mancha en el pelo”, son ese reflejo de la transformación del punto de vista del observador. Son “actores”, entendidos éstos como alejados de su “estado normal”, que primero aparecen en televisión para posteriormente, al circular por Internet, conseguir que esas imágenes devengan “reales”.

   Pero curiosamente, la fuerza de esas imágenes no está sólo en que provengan de la televisión sino en que es Internet –el icono de la cultura del Instante- el medio que las inmortaliza al permitir que esas imágenes te puedan llegar en diferentes momentos y por recorridos completamente diferentes, creando de esa forma una memoria colectiva diferente de la memoria social que refleja la televisión.

   Dos tipos de memorias, para dos tipos de generaciones que conviviendo en el tiempo dejan de tener los mismos recuerdos.

Cibervisibilidad 2.0: identidad social vs identidad ciudadana


Si nos planteamos qué pasará cuando el recorrido vital de todos y cada uno de nosotros esté registrado en la red –y con el supuesto utópico de que la brecha digital entre el primer y el tercer mundo se eliminase-, rápidamente nos surgirían algunas preguntas:

¿Qué ocurriría si no encontráramos el ciberrelato de esa persona? ¿Cómo podríamos distinguir entre su identidad virtual y su identidad ciudadana?

La primera pregunta tiene una fácil respuesta: sospecha. Sospecha como la que produce una persona sola paseando por la calle. Del mismo modo que ir por la noche en grupo o paseando al perro no es un ejercicio de peligrosidad social, subir toda nuestra vital al mundo virtual será un ejercicio de responsabilidad ciudadana, de autocontrol social.

Sin embargo, confundir nuestra identidad social con nuestra identidad ciudadana puede ser en sí mismo un ejercicio muy peligroso.

En primer lugar, porque nuestra pérdida de adaptación al entorno significa una reducción de nuestras capacidades cognitivas y, por lo tanto, una amputación parcial de nuestra inteligencia emocional.

En segundo lugar, porque la elección de identificar identidad social con identidad ciudadana debe ser realizada de manera individual por cada persona. Desde un punto de vista personal, profesional y social esta identificación, y la confusión de estos mundos, puede generar tantos inconvenientes como ventajas –no estamos hablando más que de una teoría de los usos y gratificaciones aplicada a nuestras relaciones sociales-.

Una de las propuestas que parece tomar fuerza es la creación de un pasaporte virtual –independiente del físico_real- que nos permita demostrar una coherencia narrativa dentro de nuestro universo virtual, y preservar al mismo tiempo, espacios de nuestra privacidad que no tienen que desaparecer con el desarrollo de Internet.

Es decir, la amputación de ciertas formas de sentir del ser humano por parte de las nuevas tecnologías, no debe ser resuelta con más tecnologías sino con más estrategias sociales y humanas.

+ Cibervisibilidad= - capacidad actorial y + identidad


   Goffman nos enseñará que más que una raza, el sujeto pertenece a un encounter (encuentro, ocasiones, momentos…). “Todas las personas están en cierta medida, permanentemente en tránsito… No tanto ‘¿de dónde vienes?’, sino ¿entre donde estás?”, nos recuerda James Clifford (1992: 109).

Sin embargo, uno de los grandes desafíos que se plantean en la actualidad es la gestión de nuestra visibilidad social en Internet. Frente al primer Internet que se caracterizaba por el anonimato –donde se prefería ver a ser vistos-, la reversibilidad del punto de vista del observador está recreando un espacio virtual de hipervisibilidad que hace que nuestra capacidad para configurarnos como actores dentro de la interacción quede amputada.

En la medida en que el code switching, la negociación del encounter queda preestablecida de antemano y los actores no tienen capacidad para modificar su recorrido narrativo, se reduce nuestra capacidad para configurar nuestra identidad actorial, pero al mismo tiempo, se recupera la noción de miedo y con ella la de territorio. Recordemos que el miedo es una pasión que se caracteriza por la inclusión de un sujeto o un objeto extraño en nuestro propio territorio.

Del mismo modo, es necesario señalar que Internet –fuera de las redes sociales preestablecidas-, es un lugar definido por encuentros ocasionales, donde el nivel actorial está determinado no tanto por la procedencia, sino por la competencia lingüística, que facilita la dimensión del encounter frente a la procedencia o al destino.

Si tomáramos la metáfora de la ciudad para referirnos a Internet diríamos que hasta ahora en esta ciudad, más que nunca, los sujetos han sido construidos en el seno de la interacción.

Las preguntas que se nos plantean entonces son: ¿Hubiera sido posible el desarrollo de la Europa actual del code switching sin el desarrollo del anterior Internet? ¿significa este nuevo Internet una incapacidad para adaptarse al encounter en la medida en que nuestra identidad social, virtual y pasional coinciden? ¿Esta identificación de identidades supone una vuelta a los movimientos nacionalistas?

La respuesta parece estar en un clásico aforismo francés que señala que: “Todos somos comediantes, pero muy pocos actores”…

¿Bilíngües digitales = analfabetos pasionales?


¿El ser humano moldea las nuevas tecnologías según sus intereses o son las tecnologías las que moldean al ser humano a su imagen y semejanza? McLuhan ya nos enseñó hace mucho tiempo que simplemente se trataba de dos fases del mismo proceso.

Ahora que acaban de cumplirse 20 años del “nacimiento” de Internet, momento en que se dio a conocer “un sistema universal de información vinculada”, empiezan a observarse las transformaciones sociocognitivas de la primera generación de ciberciudadanos que, aunque no alcanzan la categoría de nativos digitales, sí que han adquirido las competencias necesarias para poder hablar de bilingüismo digital.

Como bien sabemos, la diferencia entre un nativo y un bilingüe, es que el bilingüe no siempre comparte todos los códigos del sistema lingüístico-cultural; entre otras razones porque la lengua, según Lotman, debe definirse a través del código establecido más la memoria de éste.

Se suele decir de esta generación que ha adquirido memoria futura; es decir, tiene organizada mucho mejor su interacción en sus siguientes momentos, pero a cambio han perdido memoria colectiva y memoria semántica.   Desde esta perspectiva, se ha fragmentado como sociedad el imaginario común (tarea que hasta ahora realizaba la televisión, y que suponía una forma de consenso), y se ha empobrecido el lenguaje compartido socialmente.

Esta amputación del lenguaje, está relacionada con la idea de registro, y supone un inconveniente para adaptarse al frame situacional de una interacción; pero implica también una incapacidad para describir los conceptos utilizando el detalle como estrategia descriptiva (se suele decir de esta generación que conceptualmente es la más ágil y adaptativa).   Por otra parte, su incapacidad para ser pacientes (característica definitoria de los New Media´s Children) puede hacer de ésta una generación incapaz de asimilar los distintos tempos del ciclo vital. Esta pérdida de atención, unida a la impaciencia en la forma de conseguir los objetivos, parece querer resolverse a través de la hipervisibilidad que ofrece Internet.

De esta forma, se mejora nuestra inteligencia colectiva como nunca antes podíamos imaginar, pero se reduce nuestra capacidad de reflexión individual; y al mismo tiempo, aumenta nuestra incapacidad para discernir lo que es pertinente de la sobreinformación, hecho que implica una pérdida en nuestra capacidad para relacionar mundos.

Si fuéramos deterministas tecnológicos podríamos denunciar la multitud de formas de sentir socialmente amputadas por Internet. Sin embargo, resulta más desafiante saber que pueden ser recuperadas –puesto que ya las teníamos- manteniendo y aumentando las que nos ofrecen las nuevas formas de comunicación. Es decir, saber adaptarnos al medio respetando las características de cada ecosistema.   Por lo tanto, y si aumenta nuestra inteligencia colectiva pero se reduce nuestro conocimiento pasional, será en esta forma de conocimiento en el que tengamos que trabajar en los próximos 20 años.

Papel y Pantalla: el poder de la reflexión


El debate en torno a la desaparición del papel en favor de las pantallas táctiles se está planteando inicialmente de forma incorrecta, en la medida en que se distingue entre apocalípticos e integrados, deterministas tecnológicos y nativos digitales. La brecha que definirá en los próximos años la adquisición del poder, en este caso, no estará sólo en el soporte de acceso a la información sino también en la forma de llegar a la misma. Es decir, no sólo hemos de distinguir entre subinformación y sobreinformación sino también hemos de tener en cuenta el lugar y el modo a través del cuál se accede a dicha información.

En primer lugar, porque mientras que los nativos digitales -al haber perdido el hábito de leer en papel- pueden tener problemas para distinguir lo que es importante de lo que simplemente es actualidad –y por lo tanto, caduco-, las generaciones que han crecido con el papel, se siguen sirviendo de éste para la lectura de contenidos que consideran relevantes –en la medida en que pueden serles útiles en el futuro-. Aunque, paradójica y principalmente, se encuentren almacenados en la red y/o en soportes digitales.

En segundo lugar, porque el recorrido de lectura sobre una pantalla es completamente diferente que sobre el papel. En el segundo caso, de izquierda a derecha y de arriba abajo. En el primer caso, el recorrido se realiza a través de un zigzag descendente y el tiempo de lectura invertido –aunque se compare con el mismo texto- es mucho menor. No debemos olvidar la propia fisionomía de la pantalla, que promueve un aumento en la velocidad de reacción y en el estrés multifuncional.

Recordemos, un estudio de Jakob Nielsen, que señalaba en 2008 que los internautas leemos un 28% de las palabras en la web, en un tiempo medio de 25 segundos –sólo el 16 % de los usuarios leía palabra por palabra-. Aunque con ciertas cautelas, la intuición repetida nos hace pensar que algunas conclusiones se repiten.

La comprensión del mismo texto –dependiendo de la capacidad de reflexión y abstracción requerida- sigue siendo mayor en papel que sobre una pantalla. Y esta necesidad del papel, como objeto físico y sensorial pero también como símbolo de distinción se multiplica en función de la extensión del propio texto.

Por lo tanto, la brecha no sólo es digital – no podemos obviar que ésta sigue siendo la más importante-. Ni tampoco generacional – los actores analógicos no pueden competir en determinados campos cognitivos con los nativos digitales-, sino de actitud ante el signo; de predisposición individual, cultural y social frente al soporte.

Como conclusión, y de forma irónica, podemos señalar que en la medida en que el papel nos da un mayor poder de reflexión y abstracción amplía nuestra capacidad para tomar decisiones de forma rápida; mientras que la retórica digital de lo táctil nos permite tener la última información, hecho que nos da un mayor poder de reacción frente a los demás siempre que nos haga ser más pacientes –de las generaciones venideras sólo podemos realizar hipótesis futuribles-.

Es decir, quizá estemos buscando una generación avanzada de pausados sobre la pantalla, pero veloces sobre el papel. Cognitivamente hablando, claro.

Dayparting y publicidad: el ocio reflexionado


Si el dayparting semanal de los diarios digitales distingue entre información y opinión, actualidad y entretenimiento, el dayparting de los fines de semana tiene una característica común a partir de la cuál se definen las demás: la información se considera tiempo de ocio, pero también espacio de reflexión. No debemos olvidar, en cualquier caso, que la actualidad es la que puede determinar todas las noticias.

De esta forma, durante los fines de semana prima la información deportiva sobre las demás, se incrementan las ofertas de trabajo y se recuperan los reportajes y contenidos multimedia que hacen referencia a la forma que tenemos de mejorar económicamente.

Esta partición horaria también tiene consecuencias a nivel publicitario, puesto que los anunciantes son capaces de ajustar sus campañas digitales dependiendo de la hora y de los usuarios que buscan atraer; centrándose en los hábitos de consumo que éstos tienen.

Por ejemplo, a través de la promoción de espectáculos y entradas de cine, teatro y conciertos a media tarde –entre semana- y durante los fines de semana, con la promoción de ofertas de última hora para asistir a determinados eventos.

Si durante la semana, los restaurantes se anuncian online a partir de las 11 de la mañana, las cadenas de comida rápida tienen su máxima difusión publicitaria los fines de semana por la tarde. Sobre todo, en vísperas de eventos deportivos “esperados”.

También se realizan categorías en función de las edades, y no es extraño ya encontrar determinadas campañas publicitarias en las redes sociales, donde el perfil del usuario queda perfectamente dibujado. Sociedad de la información o sociedad de consumo, ¿no hay más formas de organizar nuestro relato cotidiano?

La pantalla lúdica como forma de dayparting


El dayparting analiza y tiene en consideración no sólo las informaciones aparecidas, sino también las actitudes de los usuarios ante las noticias. De esta forma se establecen una serie de franjas horarias, en función de nuestros intereses, actividades y pasiones.

Esta forma de tratamiento de los contenidos no es nueva. Su origen se estableció en la programación de radio y televisión a partir de la división de las franjas horarias y en los últimos años ha dado el salto a las ediciones digitales de los diarios.

De este modo, las empresas informativas desarrollan su programación – también en Internet- a través de los estados de ánimo del público (recordemos que la palabra más buscada en Internet durante el último trimestre de 2008 fue crisis, y que a ésta se la denominó crisis de confianza).

En la actualidad, las redacciones digitales realizan esta partición del día, en función de –al menos- tres o cuatro estados pasionales. Una primera franja del día, que podríamos establecer entre las 6 y las 11 de la mañana (al menos en nuestro país), una segunda entre las 11 y las 16 horas, una tercera entre las 16 y las 20 horas y la última, entre las 20 horas y la madrugada.

De esta forma, por la mañana -y con el objetivo de tener un reconocimiento de actualidad- demandamos información más seria y menos cargada de opinión.

A medida mañana, por una parte, empezamos a reducir nuestro mundo en torno a la información local y próxima a nuestro “relato vital”; y por otro lado, se multiplica la lectura de artículos de opinión que nos permitan comprender la información ya asimilada sobre los hechos del día.

Por la tarde, se empieza a incrementar la información sobre ocio, gente, moda, cine, deportes… a medida que nuestra jornada laboral va concluyendo y buscamos vías de escape a la misma.

En este sentido, los blogs llegan a adquirir mayor relevancia puesto que una vez tenemos la información, la opinión de los expertos, los distintos puntos de vista… buscamos opiniones que no tienen por qué ser de total actualidad.

La última franja, aquella en donde los internautas que se conectan buscando estilos de vida, potencia nuestras necesidades sociales.

De esta forma, el celebre aforismo de McLuhan <<el medio es el mensaje>>, encuentra aquí una nueva dimensión. No porque lo que importe sea el canal a través del cual se transmiten los contenidos, sino porque la pantalla se torna más lúdica a medida que el día se va completando.

Redes prosociales dentro de las redes sociales

   Vuelven las ideologías y con ellas las estrategias que las definen. Si la ofensiva-ataque sobre Gaza inició una contienda virtual en las redes sociales, ahora son los partidos políticos los que han decidido pasar a la acción en Internet.

Barack Obama ya organizó este tipo de encuentros virtuales durante la campaña electoral estadounidense consiguiendo con sus movilizaciones los resultados por todos conocidos.

Sin embargo, hasta ahora, no parecían las redes sociales los mejores foros para hacer política de no campaña. En estas nuevas formas de interactividad lo que se promovía era el always on y la potenciación de nuestras necesidades sociales, aunque fuera a través de una comunicación fática virtual. Todo ello, con las ventajas que proporciona el filtro de la comunicación sincrónica -aunque no necesariamente directa- y los inconvenientes de la hipervisibilidad a la que nos someten.

En ningún caso, podemos olvidar que dentro de internet también es necesario distinguir entre espacios sociales y espacios identitarios. En el mundo virtual también tenemos un rol -recordemos la teoría dramatúrgica de Goffman que señalaba que todos somos en cierta forma actores que interpretamos un papel- que adecuamos según el escenario pero también dependiendo de los actores que conforman la escena.

Aquellos que no sepan distinguir entre nuestra identidad ciudadana y nuestra identidad social pueden tener perdida la nueva guerrilla semiológica.