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Necesidades universales para el desarrollo de una teoría de la evolución tecnológica


Como sabemos, mientras que las necesidades individuales del ser humano son infinitas, las necesidades grupales y colectivas son mucho más limitadas.

Internet, ha conseguido satisfacer en gran parte nuestra necesidades de estima y de pertenencia al grupo a través del desarrollo de las relaciones sociales, nuestro reconocimiento social es ahora mucho más fácilmente gratificable y la capacidad de autorrealización ha aumentado en consonancia con el desarrollo de nuestro ego audiovisual. Incluso podemos señalar que nuestras necesidades orientacionales han quedado satisfechas en gran parte con el desarrollo del mundo virtual.

Sin embargo hay necesidades que, aunque en un principio podamos considerar colectivas, son en realidad individuales. Del mismo modo, hay necesidades individuales que son en realidad perfectamente universales.

Un buen ejemplo sería la necesidad del reconocimiento de la actualidad. Necesitamos estar informados para poder “salir a la calle” de acuerdo a nuestras estructuras mentales preestablecidas. Según la teoría de los sistemas, el objetivo es reducir la complejidad del mundo que nos rodea.

Otro tipo de necesidad universal que deviene individual tiene que ver con el desarrollo de las relaciones sociales. Vivimos en sociedades y necesitamos mantener contacto con los miembros de nuestro grupo.

En tercer lugar, encontraremos las necesidades hereditarias. Ya sean las personales, por ejemplo dejar un legado “cultural”, “social” y “biológico” a través de la procreación; o de forma colectiva, buscando un mundo mejor para nuestros hijos.

De esta forma, y posteriormente, podremos hablar de necesidades democráticas. Cuanto mejor funcione la democracia de la cuál formo parte, mejor nivel de vida obtendré.

Aunque del mismo modo, podremos pensar que cuanto mejor funcionen las democracias que gobiernan el planeta que nos ha tocado vivir, mejor funcionará la democracia que nos acoge.

Aparecen entonces nuestras necesidades de solidaridad. Necesidades individuales que empatizando con el otro devienen universales.

Es en esta escala y no en la gradación de satisfacción de nuestras necesidades individuales donde la aparición de internet y del mundo virtual que éste ha establecido aún no ha desarrollado todo el potencial que se le podría suponer inicialmente.

Entre otras razones, porque la puesta en práctica de la ya mencionada teoría de la evolución tecnológica olvidó que, al principio -en Internet- preferíamos ver a ser vistos…

Una Cumbre Mundial Virtual necesita de un encuentro real


Si hay algo que no hemos aprendido de la célebre pirámide de Maslow es que las necesidades del ser humano pueden llegar a ser infinitas o ilimitadas.

De este modo, las necesidades que pueden ser satisfechas por internet devienen también potencialmente inagotables. Es decir, los usos sociales de las nuevas tecnologías – y los actores sociales que participan de ellas- tienen un recorrido vital que aún está por definir y que, en todo caso, siempre será redefinible.

Sin embargo, esta forma de desarrollo tecnológico ha omitido o, cuanto menos, no ha jerarquizado bien el valor de las necesidades democráticas del ser humano. Es cierto que mayor desarrollo tecnológico tiende a significar mayor libertad de información, y que este triángulo se cierra casi siempre generando mayor desarrollo democrático. Pero casos como el de China nos permiten señalar que no siempre ocurre así.

El próximo 15 de noviembre se celebrará en Washington la Cumbre del G-20. Uno de los objetivos de esa cumbre es que la crisis financiera no se convierta en una crisis económica (sic), que el mundo virtual de las finanzas tenga un sistema de concordancia y equivalencia con el mundo real de la economía.

Pero más preocupante aún resulta pensar que todo lo que en ella se va a decidir sigue utilizando el modelo lineal comunicativo para hacer política. Uno de los grandes problemas que podemos encontrar es que esa Cumbre del G-20, es precisamente una cumbre del S. XX y no del S. XXI.

Al igual que en la comunicación de masas la fuente/emisor era único y el mensaje unidireccional, esta forma de democracia sigue pensando que el culto al Star System sigue siendo el mejor modo de actuación, que la virtualidad de la cumbre le concederá un valor real a lo que allí se decida.

Por esta razón, internet (en minúsculas hasta que no demuestre lo contrario) tiene la oportunidad de invertir este proceso. Esta nueva forma de sociedad articulada necesita organizar una cumbre real donde se tomen decisiones que lleguen al mundo virtual -hoy en día representado por la política actual-.

Y esta cumbre, capaz de representar realmente las necesidades del mundo real, hoy por hoy sólo puede organizarse en internet. Como bien sabemos, la historia que se repite se convierte en farsa. La farsa que se repite se convierte en historia.

El imperialismo amable


La aparición del nuevo navegador de Google, Chrome, parece haber propiciado en la Red un dilema ético-moral que tiene que ver más con la propia ontología de Internet que con las características, funcionalidades y posibilidades de esta plataforma.

Su publicación en código abierto y su mensaje de incentivación de la innovación choca con su presencia como el buscador más importante del mundo y la intuición de que puede devenir una nueva forma de sistema operativo on line que sustituya al demonizado Windows de Microsoft y se convierta en un nuevo modelo de monopolio simpático.

No porque sea la única opción sino porque nuestra predisposición a la llamada “desinformación voluntaria” ha hecho que, por ejemplo, casi todos acabemos teniendo como página de inicio Google a pesar de las a priori casi infinitas posibilidades de elección.

De este modo, Internet -el mundo de la desregulación legal y la regulación pasional- teme convertirse en una herramienta más del “Gran Hermano Tecnológico” donde quede registrado nuestro recorrido virtual; y en cierta forma, vital.

Por otra parte, y aunque se encuentre en fase de desvanecimiento virtual, no hay que olvidar que Google es el actor más importante en el manejo de información. Y es necesario señalar que la “buena información” sigue siendo una de las fórmulas más eficaces de la adquisición, gestión y distribución del poder.

Al mismo tiempo, su plataforma de publicidad Adwords hace que Google haya creado una nueva forma de capitalismo amable, de potlach económico a mitad de camino entre la oferta gratuita de funcionalidades para el usuario y la rentabilidad económica de una empresa que se sustenta en la venta de servicios a otras empresas.

En este proceso dialógico, destaca su predisposición para que los usuarios puedan colaborar informando sobre errores o posibles sugerencias, de acuerdo a los criterios libertarios del mundo virtual.

Otro elemento diferenciador, es el de la cultura gratuita. Durante mucho tiempo se ha asociado el producto de pago a la calidad del mismo, y Google parece querer retransmitir la identidad colaborativa de Internet y el axioma de la ciberdemocracia que defiende la cultura del conocimiento libre como el mejor modelo de desarrollo social y económico.

De este modo, la idea de un desorden creador que ha acompañado desde el inicio a Internet parece estar en fase de transformación hacia la aparición de un desorden creado, en este caso por Google. Es decir, el desafío que se plantea está en considerar la información en Internet desde un punto de vista entrópico o entenderla como un nuevo periodo de construcción de simulaciones en nuestra capacidad de elección.

En torno a la espera y a la paciencia tecnológica


   La mayoría de las lenguas distinguen entre la espera y la esperanza, entre el acto físico y la pasión teleológica (pensemos, por ejemplo, en la distinción entre to wait y to hope en inglés o entre attendre y espérer en francés). Tomando esta consideración como hipótesis, hemos de señalar que las nuevas tecnologías también han introducido nuevos matices tanto en sus definiciones como en sus distinciones.

Si antes de la aparición de los teléfonos móviles, los encuentros –previamente acordados- tenían un periodo de espera con carácter de cortesía, la llegada de la sociedad de la ubicuidad dejó de determinar el espacio físico de interacción para enmarcar sólo el tiempo simbólico de comunión fática. Ya no es necesario esperar puesto que una simple llamada nos permite saber la localización exacta de nuestro interlocutor.

Del mismo modo, y como bien sabemos, nuestra capacidad de espera (esperanza) de que nuestro futuro individual vaya a ir a mejor ha sido extraordinariamente desarrollada por la cultura de masas a través de la televisión y el cine. En este sentido, el mensaje de esperanza es: “Si quieres tener éxito en la vida tienes que formar parte del Star System” -programas como Operación Triunfo o Gran Hermano son un buen ejemplo-.

Pero, aunque creamos que estas dos variables sociales no tienen grandes elementos en común, la Cultura del Instante parece querer decirnos lo contrario. Por una parte, nuestra capacidad de espera tecnológica; es decir, nuestra paciencia ante la velocidad y capacidad de respuesta de un aparato tecnológico se ha reducido en la medida en que nuestra capacidad de espera –esperanza- para conseguirlo se ha multiplicado (un caso paradigmático sería el del iPhone).

En este sentido, puede resultar interesante analizar por qué nuestra capacidad para abstraernos, concentrarnos y, por ejemplo, leer un libro se ha reducido; y al mismo tiempo, nuestro gusto por las colas –por el estar juntos- ha aumentado.

¿Están sustituyendo las nuevas tecnologías –y las pasiones que éstas generan- a los relatos audiovisuales en la construcción de nuestros imaginarios sociales? ¿Es la paciencia tecnológica una nueva forma de esperanza social?

“Yo estuve allí”. Las “nuevas” formas de Cultura Popular


  Parecen existir, al menos, dos formas de comprender lo único, lo irrepetible, aquel recuerdo que permanece a lo largo del tiempo en nuestro imaginario individual.   

   La primera es natural y se establece en nuestra niñez ante una impresión o situación que consideramos extraordinaria y que se configura como la primera reminiscencia sobre un hecho o acontecimiento – que se presenta como fundamental en nuestro desarrollo como individuos-.      

   En ese momento, una vez adquirida la noción de memoria a medio y largo plazo entramos a formar parte del imaginario social de una generación. Nos referimos a un partido de fútbol, un programa de televisión o simplemente a una situación personal relevante para nuestro relato vital.     

   La segunda es sociocultural, y se establece por haber sido testigos de un acontecimiento que nos marca como sociedad, como grupo social o simplemente como individuos con aficiones, opiniones políticas o intereses diversos.     

   ¿Qué tiene esto que ver con la cultura popular?     

   Como bien nos enseñó Walter Benjamin, la cultura de masas con su reproducción en serie devaluaba el concepto de original y con él el de aura. El saber que estábamos ante el único bien cultural al que rendir culto fue desapareciendo en todos los campos de la cultura.      

   En la actualidad -no hace falta recordar que en parte por el desarrollo de las nuevas tecnologías-, año a año están descendiendo los niveles de ventas en discos, la asistencia al cine, etc.   

   Como bien sabemos las razones han sido ampliamente debatidas. La oferta cultural ha aumentado exponencialmente, pero también las nuevas tecnologías han propiciado un acceso –en muchas ocasiones casi ilimitado- a estos productos de consumo. Lo que en otro tiempo tenía un valor simbólico acabe convirtiéndose en un bien perecedero y por lo tanto en un producto de consumo. La búsqueda de un placer efímero se estableció entonces como patrón social.       

   Pensemos en la cantidad de discos que sólo escuchamos una vez o en aquellos libros que ni siquiera llegamos a leer pero que forman parte de las estanterías de nuestro comedor…    

   Pero este proceso también parece estar llegando a su fin, o al menos se está transformando notablemente. La comunión fática, el estar juntos compartiendo un momento social se hace cada vez más importante en la reconstrucción de nuestra cultura popular.   

   Sin entrar en debates ideológicos, pensemos por ejemplo en la reciente corrida de toros de José Tomás en Las Ventas. Sin cámaras, por deseo expreso del torero, los asistentes al evento parecían haberse sumido en una especie de atmósfera mágica. “Yo estuve allí”, aquello era algo único e irrepetible que ni siquiera se podía ver por televisión – la reina de la cultura de masas-.    

   ¿Hubiera tenido la misma repercusión la corrida de toros si hubiera sido retransmitida por televisión?  

   Probablemente no, el aura que recorría esa obra “artística” lo hacía irrepetible. Sólo aquellos que estuvieron en la plaza podían saber realmente lo que ocurrió.    

   Aunque quizá sea el ejemplo más representativo de los últimos tiempos no es sino una tendencia que parece querer consolidarse. Disminuyen las ventas de discos pero aumentan los conciertos, se reduce la asistencia al cine pero aumentan las representaciones de teatro y musicales –éstos últimos juegan con ambos elementos, la reproducción prolongada en el tiempo de una obra pero también el carácter mágico que le da una actuación pero también un público distinto cada vez-.     

   Para ver un espectáculo tenemos la pequeña –aunque cada vez más grande- pantalla, para sentirlo debemos formar parte del público que asiste al espectáculo en directo. Parecen ser, simplemente, nuevas pasiones mediáticas.

Elegir y ser elegidos: La democratización del ego audiovisual


   Durante la última década se ha producido una transformación en torno al concepto de democracia. Éste ha pasado a la esfera mediática y, por lo tanto, en cierta forma ha vaciado de significado su contenido.    

   Tras la aparición de Gran Hermano cualquiera de nosotros -que siguiera las reglas marcadas por el Star System- podía formar parte del círculo de personajes públicos y famosos (y por lo tanto, simpáticos, guapos e inteligentes).

    Paralelamente, llegó Operación Triunfo donde además se valoraba no sólo la forma de ser de los distintos actores que participaban en el reality sino también sus capacidades. En este caso, como cantantes.      

   En cuanto al proceso de democratización en Internet podemos decir que primero nos encontramos con el auge de los blogs, donde cualquiera de nosotros podía hacer públicos sus sentimientos, aficiones, reflexiones, etc. Los diarios, que siempre habían sido escritos para que un día fueran leídos, acababan por fin siendo públicos.  

   Poco después Youtube nos permitió adquirir notoriedad sin necesidad de pasar por las reglas impuestas por los medios de comunicación tradicionales. Ya se sabe, la capacidad de interactividad otorgaba mayor confianza a las imágenes que aparecían en Internet que a las de la propia televisión –se presupone que habíamos aprendido a leer imágenes y no sólo textos escritos-.   

   Este recorrido en torno a la democratización de nuestro ego audiovisual se encuentra en una nueva fase. Quizás, porque como señalaba Baudrillard el proceso de tele-visión se ha transformado y la televisión lo que pretende es que nos sintamos más simpáticos, más inteligentes y más guapos o simplemente más normales que aquellos actores que aparecen en la pequeña pantalla.   

   Esto justificaría que ya no queramos ser los actores protagonistas del espectáculo sino sus jueces, que la identificación ya no sea sólo con el protagonista sino también con el guionista, aquél que decide realmente el final de la historia.   

   Y si no, pensemos en aquellos programas dónde el casting tiene más audiencia que el propio desarrollo del programa, dónde los miembros del jurado son mucho más importantes que los propios actores protagonistas. Simplemente se trata de seguir fabricando nuevas estrellas para el sistema.   

   En este sentido, no es descabellado pensar que en próximos concursos veremos hacer dos castings. Uno, el de los concursantes y otro el de los miembros del jurado. Por supuesto, abiertos para cualquiera de nosotros.  

   ¿Serán ex concursantes quienes elijan a los miembros del jurado? 

La democratización de la información


 

    Han pasado más de diez años del auge de Internet y si bien ha supuesto una revolución en la forma de acceso a la información quizá no podamos decir lo mismo en cuanto al uso de la misma.      

   La información siempre ha estado unida a una determinada gestión del poder; el saber cosas que los otros no sabían nos permitía anticiparnos a ciertas situaciones, nos facultaba para tomar decisiones que suponían una ventaja predictiva respecto a las actuaciones de los demás.      

   Desde esta perspectiva, está claro que el acceso a cierto tipo de información se ha democratizado –al menos en los países desarrollados-; pero sigue habiendo problemas en torno a esta democratización y a la definición que la propia Sociedad de la Información nos propone.     

   En primer lugar porque, como nos enseñó Giovanni Sartori hace algunos años, la subinformación hace que la brecha entre países ricos y pobres aumente; pero también porque invita a que los actores que deben proporcionar esa información o bien la sigan censurando o bien no puedan tener acceso a la misma. Estamos hablando de gobiernos con una dudosa gestión democrática y de fotógrafos y corresponsales que tienen muchos problemas para relatar los acontecimientos que se suceden en ciertas partes del mundo.

   En estos países, cuanto más importante es la noticia menos posibilidades tendremos de tener un relato veraz, coherente y documentado de los hechos.     

   Otro elemento de análisis es la sobreinformación, que ciertos autores han señalado como la nueva forma de censura. Mucho más refinada, basa su confianza en una actitud pasiva por parte de la ciudadanía, en esa especie de desinformación voluntaria que tan acertadamente han descrito autores como Mª Pilar Diezhandino.   

   ¿En qué ha cambiado nuestra forma de informarnos en los últimos diez años?      

   El 75% de las noticias siguen proviniendo de las principales agencias mundiales de noticias, la televisión siguen dándonos a través de los telediarios relatos fragmentados cada vez más impactantes visualmente pero menos coherentes sintácticamente de nuestras sociedades; y en Internet, si bien han aparecido redes sociales que pretenden hacer públicas informaciones que los medios tradicionales no nos proporcionan, la mayoría de nosotros seguimos acudiendo a las ediciones digitales de los periódicos para informarnos –sin olvidar el porcentaje de usuarios que tienen como página de inicio Google, con las implicaciones en los criterios de acceso a la información que este hecho puede suponer-.     

   En este sentido, quizá va siendo hora de que Internet se establezca como una forma de integración de los distintos relatos que jalonan nuestras sociedades. Algunos elementos ya se están intuyendo, si las nuevas tecnologías transformaron nuestra manera de recordar y en cierta forma amputaron determinados tipos de memoria, la aparición de youtube permitió que ese relato social quedara grabado a través de experiencias más o menos cotidianas.    

   Sin embargo, la sacralización del yo, en cierta forma ha impedido que la democratización de la información haya tenido las consecuencias deseadas a nivel global.    

   Este recorrido narrativo parece entrar en una nueva fase gracias a que las televisiones estatales empiezan a poner en la Red programas de televisión anteriores a la Era de Internet. De este modo, no sólo se potencia la memoria colectiva sino que también se establece un cierto equilibrio en relación a nuestra amputación -por parte de las nuevas tecnologías- de ciertas formas de recuerdo. Ya se sabe, la entropía es el sistema.   

   Como conclusión podemos señalar que tras el desarrollo de las redes sociales quizá sea tiempo de empezar a pensar de qué modo Internet puede regenerar nuestras democracias sin caer en el peligro de solamente vigilar al vigilante. Entonces sí que podremos decir que Internet ha llegado a la mayoría de edad. 

Ver y ser visto: de la telebasura a la democratización del culto a la imagen


   Parece evidente pensar que la aparición de las cadenas privadas fue el origen de la llamada prensa del corazón tal y como la entendemos en la actualidad.   

   En este proceso, primero vimos como se multiplicaban los programas dedicados al corazón y, casi al mismo tiempo, aparecían nuevas cabeceras que invitaban a la lectura de la vida de los “famosos”… “El público lo demanda”, parecía ser la máxima de los directivos de las grandes cadenas.  

   Es decir, podríamos señalar tranquilamente que la década de los noventa fue una época consagrada a la consolidación  del Star System español. Ya se sabe, la única forma de triunfar en la vida es pertenecer al Star System, puesto que por el hecho de aparecer en televisión hemos de suponer que somos guapos, listos y simpáticos (lo de con dinero, se presuponía).  

   Nos gustaba ver qué vidas tan maravillosas llevaban los demás, pensando que un día quizá seríamos nosotros los afortunados. Y entonces, llegaron Gran Hermano y Operación Triunfo, y con ellos la democratización del éxito. ¡Qué bondadosa es la televisión!, cualquier persona normal se puede convertir en famoso y resolver su vida. Sólo hay que seguir las normas que marca el Star System.  

   Ese es el recorrido narrativo de la televisión. Pero, ¿cuál fue el de Internet?  

   Recordemos el primer Internet. Lo que más satisfacía precisamente era nuestro anonimato, nuestra facultad de tener una identidad diferente de la de nuestra vida real.  Internet, regulador pasional, nos permitía decir cosas que en nuestro entorno cotidiano seríamos incapaces de susurrar.  

   Así hasta que llegó Youtube. Entonces el voyeur, el espectador, la identidad anónima… fue poco a poco siendo reemplazada por un observador participante, por un actor protagonista, etc. que considera que sus actos merecen la pena de ser no sólo compartidos con el resto del mundo, sino que incluso pretende que sus grabaciones se conviertan en documentos históricos para generaciones posteriores.  

   Baudrillard nos enseñó que ya no se podía hablar de Sociedad del Espectáculo porque no hay espectáculo sin espectadores; y en la actualidad, todos formamos parte de ella. Lo que no quiso recordarnos es que también queríamos formar parte de la historia, que ya siempre será una Historia Multimedia…

Feliz 1984


   Efemérides invita. Como tan bien nos contó Apple hace ya casi 25 años uno de los grandes temores del determinismo tecnológico era la reducción a un código único de la narración de nuestras experiencias, de nuestra capacidad para expresarnos a través de un lenguaje fértil en matices o de nuestra facultad como seres humanos para la reflexión y el análisis.   

   En este sentido, es necesario recordar a Marshall McLuhan, quien entendía las nuevas tecnologías como extensiones del hombre, pero también advertía que éstas paralelamente amputaban o gangrenaban otras formas de sentir y pensar.   

   Desde este punto de vista, parece pertinente analizar de qué modo las nuevas formas de comunicación y los nuevos instrumentos tecnológicos han modificado nuestra capacidad de comunicar, de conocer y comprender, de representar, de significar, de asociar y relacionar, de observar y jerarquizar, de sentir y reflexionar.     

   Pensemos en autores como Tomás Maldonado, quien nos ha enseñado que los mecanismos del recuerdo y del olvido no son inmutables, y que la evolución de las técnicas de comunicación debe tenerse en cuenta para reconocer los principales factores de este cambio.   

   Sobre todo si tenemos en cuenta que la transformación de los procesos memorísticos ha sido generada por el uso y disfrute de las nuevas tecnologías y por la evolución de los procesos de aprendizaje (ya sabemos que se habla de un lifelong learning).  

Feliz 1984 (2)


    Siguiendo con la hipótesis planteada, no hay más que pensar en torno a la memoria episódica/colectiva o en relación a la memoria semántica; y podremos explicar,  por ejemplo, la dialéctica en torno a la memoria histórica o la crítica realizada en relación al empobrecimiento de nuestro lenguaje.

   En cualquier caso, y como es evidente, la perdida de una parte de nuestra memoria está relacionada con la pérdida de identidad; y por lo tanto, con la proliferación de identidades múltiples. Es aquí donde aparece Internet y su capacidad de regulación pasional.
   En primer lugar, porque modifica nuestro relato vital gracias a la grabación y reproducción de nuestras experiencias. En segundo lugar, porque nos sirve de regulador pasional entre el mundo virtual y el mundo real.    

   En este sentido, la abundante información que ofrece la Red puede llegar a sumergirnos en una especie de desinformación voluntaria.  Desde esta perspectiva, tenemos dos opciones a considerar en relación al tratamiento de la información: o suponer que Internet es entrópico o bien defender que en realidad hay una estructura definida detrás de todo el proceso mediático-comunicativo.    

   Si tomamos la segunda de las opciones, podremos afirmar que la mayoría de nosotros acudimos a las mismas fuentes para informarnos,  pero si tomamos la primera de las posibilidades podremos darle el estatuto de infinito a Internet. Esta es una cuestión que tiene más que ver con una determinada actitud que con una afirmación objetiva y constatable. 

   Simplemente se trata de decidir entre una posible forma de determinismo y/o nuestra capacidad de elección; y por consiguiente, valorar la posibilidad de serendipity en la reconstrucción de nuestro relato social. En el Día de Internet, la elección parece fácil, “la entropía es el sistema”.